Esta
leyenda nos habla de una historia de amor que, al estilo de Romeo y
Julieta, perdura hasta más allá de la muerte.
En una esquina del cementerio de Codesal se yergue orgulloso un roble
centenario. Dicen que tan imponente árbol sólo se sustenta en dos
raíces, que se hunden por separado en la tierra para acabar abrazadas
muchos metros más abajo. Has de saber que este roble es el testigo que
nos queda de una historia de amor desgraciado.
En tiempos del
medievo salieron de Codesal tres arrieros a buscar nuevos mercados en
las tierras de Galicia, y en el valle de Verín se les dio tan bien la
venta que quedaron algunos días y hasta amigos hicieron entre los mozos
del pueblo. Una noche, en la que quizás bebieran alguna jarra de más,
los codesalinos criticaron al Señor de Verín por oprimir a sus vasallos
tributos y obligaciones que en Sanabria no se usaban. Llegó esto a
oídos del Señor, que no era muy receptivo a las críticas, y con las
mismas les mandó prender y aun incautarles las mulas.
Tenía el
carcelero del castillo una hija, mocita y bella, que le ayudaba en sus
tareas: entre otras, llevarle la comida a los arrieros presos. Date que,
con el paso de los días, primero tomó amistad con ellos y, poco a
poco, llegó a enamorarse del más alto, el de los ojos castaños, y fue
correspondida. Cuando llegaban las fiestas, la joven oyó decir que el
día de Navidad los codesalinos serían azotados, expulsados de Galicia y
sus mulas y mercancías requisadas por el Señor del castillo.
Del
disgusto, la moza se puso enferma y pidió permiso a su padre para
retirarse antes de finalizar la cena de Noche Buena. Mas lo que hizo fue
hurtar el manojo de llaves y liberar a los tres arrieros, sus mulas y
sus pertrechos. Antes de partir en la oscura noche, el de los ojos
castaños besó la mano de su amada y le juró lealtad hasta más allá del
camposanto.
Cuando se descubre la huida, el carcelero cae en
desgracia y ha de abandonar Verín, buscando refugio en los montes que le
vieron nacer más allá de Valdeorras. Aun con golpes y maltratos, nunca
consiguió que su hija reconociese su participación en la fuga. Un día,
harto ya, la maldijo y ella partió con una cuadrilla de segadores que
bajaban hacia Castilla en busca de su jornal.
Hete aquí que los
segadores encuentran trabajo en Codesal y se instalan por unas jornadas.
Pero es tan dura la faena, y tan grande la pena de la joven carcelera,
que a los tres días allí muerta se queda. Los gallegos han de partir, en
Codesal no la conocen y, mientras deciden qué hacer, sólo una vieja se
encarga de apartarle las moscas con una rama de roble. Al fin deciden
sepultarla en una esquina del viejo cementerio, pero nadie se acuerda de
llevarle flores y uno de los mozos, con un punto de chanza, clava sobre
la tumba aquella ramita de roble.
A los pocos días, el arriero
de los ojos castaños regresó a Codesal de uno de sus viajes. Cuando le
cuentan la historia, conoce que hablan de su amada y, postrado sobre la
tumba, la llora con amargas lágrimas. Después ingresó en un monasterio y
llevó vida de santo hasta el momento de su muerte.
Y fueron sus
lágrimas, amigo lector, las que germinaron aquella rama dando lugar al
imponente roble, símbolo de amor eterno, que no has de dejar de visitar
cuando llegues al pueblo de Codesal.
(Esta leyenda está recogida y versionada en romance en el libro “Memorias y Leyendas” de
Argimiro Crespo Pérez. Por la belleza de sus imágenes y la sensibilidad que destila os recomendamos vivamente su